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Las falsas ideas gobiernan el mundo. Se lo disputan. ¿ Las pruebas ? Han quedado en la historia de la humanidad. Somos protagonistas.

Y dejo acá una mínima parte de un escrito de Karl Popper acerca de la responsabilidad de los intelectuales en cuanto a la creación de ideologías.

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Encontré en un sitio en Internet algo como esto: ¿ y tú en que travesura estás pensando para cambiar el mundo ?

También recordé algo que me gusta mucho en mi adolescencia y que decía ” si sigues las reglas no es divertido ”

Regla norma ley mandato … Los versados del mundo del Derecho nos podrán aportar mucho acerca de lo bueno y de lo malo de todo esto.

Pero siempre nos seguirá pareciendo divertido romper una regla o jugar con lo prohibido.

Pero en el escenario de Internet yo me atrevo también a sugerir:

¿Porqué sus travesuras deben ser ilegales?

Puede haber ocasiones en que conviene poder decir “esto es legal”. Aunque sea Menos divertido !

O quizás descubramos que resulta mucho más divertido, conquistar al tirano con las reglas propias de una democracia. Para rehabilitarla de su corrupción sin dar la papaya de la ilegalidad para conveniencia del opresor.

Claro está, en el caso de que una constitución garantice mecanismos, antes que un gobernante hubiéramos llevado al poder para arruinarla a su conveniencia.

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Hoy el oro puede significar otros tesoros.

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Audio > http://soundcloud.com/tic-security/travesuras-legales

Att. Angel.

El deseo de libertad es algo completamente primitivo que ya encontramos en los animales -incluso en los animales domésticos- y en los niños pequeños, y ciertamente en grados muy diferentes. Pero en el terreno político la libertad se convierte en problema. Pues la libertad ilimitada de cada individuo se vuelve naturalmente imposible por la convivencia de los seres humanos. Si soy libre de hacer todo lo que quiero, entonces también soy dueño de despojar a los otros de su libertad.

Kant resuelve esta cuestión por medio de la exigencia de que la libertad del individuo sólo la puede limitar el Estado hasta el punto, y únicamente hasta ese punto que sea necesario para la convivencia de los individuos y de que esta limitación necesaria de la libertad debe afectar lo más igualmente posible a todos los ciudadanos. Este principio genuino kantiano muestra que el problema de la libertad política es soluble al menos conceptualmente. Pero no nos ofrece ningún criterio de la libertad política. Pues en los casos individuales a menudo no podemos determinar si es necesaria realmente una determinada limitación de la libertad, o si se trata de una carga que se ha impuesto homogéneamente a todos los ciudadanos. Por eso necesitamos otro criterio, más fácilmente aplicable. Yo he hecho la siguiente propuesta: “un Estado es políticamente libre si sus instituciones políticas hacen prácticamente posible a sus ciudadanos llevar a cabo un cambio de gobierno sin derramamiento de sangre, en caso de que la mayoría desee semejante cambio de gobierno”. O más brevemente expresado: “somos libres si podemos librarnos de nuestros soberanos sin derramamiento de sangre”.

Aquí tenemos un criterio que nos permite distinguir la libertad política de la esclavitud política o, si se quiere, una democracia de una tiranía.

Las palabras “democracia” y “tiranía” son naturalmente lo de menos. Por ejemplo, si alguien denominase “democracias” a ciertos Estados que no son libres y calificara de tiranía a la Constitución de Inglaterra o de Suiza, no me metería en una discusión sobre si estos nombres se aplican de forma correcta o falsa, sino que diría simplemente: “Si tuviera que servirme de su metodología, tendría que confesarme enemigo de la democracia y amigo de la tiranía”. De esta manera puede uno evitar perderse en discusiones sobre palabras. Lo que nos importa no son las palabras, sino los valores reales.

El criterio de la libertad política que acabo de ofrecer, es un instrumento sencillo, pero ciertamente algo tosco. Sobre todo no nos dice nada sobre la tan importante cuestión de la defensa de las minorías, por ejemplo de las minorías religiosas, idiomáticas o étnicas.

Fuente:

La responsabilidad de vivir, Karl R. Popper, 1994